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LA VOZ DE SOLA

Gdor. León Sola, Entre Ríos, Argentina


EL DOMADOR

MARTINIANO LEGUIZAMÓN(1858-1935)

¡Ah! tiempos... ¡Si era un orgullo

Ver jinetiar un paisano!

Cuando era gaucho vaquiano,

Aunque el potro se boliase,

No había uno que no parase,

Con el cabresto en la mano. MARTIN FIERRO

Bruscamente, casi sin crepúsculo se hundió el sol en el horizonte. Por la extensión de la pampa ya invadida de sombra y de misterio, iban surgiendo las luces de los fogones en los ranchos lejanos. Desde el corral las ovejas poblaban el aire de balidos tristes y algún caballo recién desensillado galopaba en busca de la tropilla.

Junto a fogón de la estancia, mientras cantaba hirviendo el agua para el mate, se oían las risas y los gritos de los peones que esperaban la hora de la cena. Las llamas del fuego, onduladas por el viento iluminaban de vez en cuando rostros cobrizos, barbudos, que hubieran podido servir de modelo para alguna de esas vigorosas figuras de los "Herreros" y "Velásquez".(1)

- Si no cambia el viento, tenemos seca para largo tiempo, - dijo uno de los paisanos, mirando ansiosamente con las pupilas clavadas en el firmamento en que se veían las pálidas estrellas.

- Viento norte, clavado, - aseguró otro. - A la tardecita (2) no cantó ningún chingolo. Los patos han empezado a emigrar buscando otras aguadas... ¡Seca bárbara!

Un nuevo personaje se acercó en ese instante a la rueda de los peones y los comentarios sobre aquella prolongada sequía cesaron. Venía de la ciudad adonde había ido conduciendo una tropa para los matadores.

- Has de traer el buche lleno de noticias; cuenta, hermano, cuenta, - exclamó uno, alcanzándole un mate.

El recién llegado tomó asiento y, entre risas y exclamaciones de asombro, empezó a relatar "las gauchadas de unos jinetes gringos, de más allá de donde el diablo perdió el poncho, ingleses, que habían venido a probarse con los criollos, como enlazadores y domadores, por más que usaron lazo cortito de soga y todavía con guantes para no pelarse las manos."

El corro se animaba cada vez más, y el narrador seguía relatando las habilidades de aquellos hombres que sabían enlazar un novillo y dejando el caballo rienda arriba para que cinchase, se bajaban y volteaban al animal y le maneaban las patas con un cordel; o del negro que se enhorquetaba a un toro y lo hacía bellaquear.

- ¡Y ésa es todavía la novedad que los tiene tan alborotados a los puebleros! - dijo irónico el más viejo del grupo en el mismo instante que pasaba el mate vacío al cebador, y acercando un tizón al cigarro lo encendía, luego continúo:

- ¡Vaya una noticia fresca! pero eso mismo lo sabía hacer cualquier gaucho que a solas le metía el lazo a un novillo ajeno y lo degollaba para sacarle una achura... Acaso cada peón por su lado no iba enlazando y meneando con el cabresto o cichón a los animales bravíos que no querían volver a la tropa. Y en cuanto a jinetear toros, pues ¡cuántos había que los montaban en pelos y con grillos sentándose a lo mujer!

Rieron en la rueda con la salida. Pero el de las noticias todavía se atrevió a insistir:

- Ves, viejo, es que estos gringos sombrerudos con camiseta colorada como Garibaldi, una vez que montan parece que se prenden en la montadura y no hieren al animal. Yo los he visto.

Es que no habrá domadores en nuestra tierra porque no hay gauchos, cuando vienen a querer enseñarnos criolladas los de afuera. Pero antes, como cantó Martín Fierro:

¡Ah! tiempos... ¡Si era un orgullo!

¡Ver jinetear a un paisano!

Y entusiasmado por el tropel de recuerdos que debieron desfilar ante su mirada, sintiendo tal vez en lo hondo de la entraña la herida abierta por las alabanzas tributadas a los que venían de afuera, olvidando lo que los hombres de su clase sabían hacer, lo que era su orgullo - como dice el poeta que ha penetrado hasta el fondo del alma gaucha, - el viejo paisano refirió una de esas ingenuas historias de los fogones campestres, llenas de superstición, de travesura y de colorido local.

Era el cuento del domador - una tradición de mi tierra - que desearía referir con ese arte sumo, en el cual las palabras parecen caídas de los labios mismos de los ingenuos interlocutores y que la descripción del vivo ambiente tiene la fuerza de color de la naturaleza, con toda su agreste y serena poesía.

El cielo se había encapotado; una que otra estrella muy pálida y lejana asomaba por entre los nublados y se extinguía. La luna aprisionada siempre en su doble círculo declinaba al ocaso sin proyectar sobre la negra llanura más que un lívido fulgor. Y el infinito y misterioso silencio de la noche en los campos, imperaba absoluto sobre la muda inmensidad.

Los hombres del fogón también callaban aguardando el cuento del domador, que el viejo demoraba, reconcentrado en sus recuerdos como si la taciturnidad del contorno le hubiera compenetrado el alma de mudez.

Pero al fin se animó y alzando la cabeza empezó gravemente a referir:

"Mi padre, que supo ser jinete y era hombre de verdad, contaba que en sus mocedades había oído hablar de un tal Abdón Mendieta que nunca había sido caído por un caballo.

"Lo buscaban para confiarle los animales más bravos, y en poco tiempo los devolvía ya mansos, como caballos de andar.

"Fue allá en los Campos Floridos de don Mateo García Zúñiga, el estanciero más rico y generoso que se conocía en Entre Ríos por ese entonces.

"En uno de sus corrales tenía un potro que ningún cristiano podía montarlo. ¡Parecía un huracán cuando bellaqueaba dando vueltas para tirar al domador!

"Pues aconteció que un día don Mateo, que era un tanto bromista, ofreció una onza de oro al que pudiera mantenerse en este potro. Por supuesto, excitados por la moneda que el viejo había sacado del bolsillo y hacía brillar al sol, a más de uno se le ocurrió ganar el premio, pero apenas lo montaban y eran tirados por el suelo.

"En el grupo se encontraba Abdón, y como no faltó quien le dijera al patrón que aquel mozo era buen jinete, al punto don Mateo le dijo:

" - ¿Quieres montarlo, pardito?

" - Si, señor, ¿por qué no? - y ajustándose el pantalón, se aflojó las espuelas y se ató un pañuelo a la cabeza para sujetar los cabellos.
"El potro que estaba ensillado, haciéndose el manso lo dejó acercarse. Abdón le pasó la mano por la oreja, metió los dedos en el estribo, alzó la pierna, y lo montó, después se afirmó en las riendas, echó el cuerpo para atrás y le dió en los costados con las espuelas.
"El caballo resopló y comenzó a saltar, dando brincos como un loco, cimbrándose de un lado a otro, se abalanzaba, hacía un arco del lomo, metía la cabeza entre las manos, alzaba las patas de atrás y se ponía derecho, saltaba para adelante y furioso saltaba atrás, daba vueltas, doblaba el pescuezo, y Abdón, clavado en la silla, riéndose, le hacía jugar las espuelas y lo enloquecía tirando de las riendas.

"Don Mateo se reía, y los espectadores sin dar la partida por ganada, decían con envidia: - Aurita nomás te hace comprar terreno, pardito, por boraciador.

"El potro seguía dando saltos y echaba espuma de rabia, dando vueltas como un remolino. El domador no se movía siquiera; ¡parecía que había echado raíces en el lomo del caballo!...

"De repente encogió las orejas, soltó un relincho y huyó campo afuera y ganó los montes, sin que los otros domadores pudieran alcanzarlo.

"Así llegó la noche. Al día siguiente, al amanecer, salieron en su busca pero no encontraron ni los rastros. Pasaron varios días y nadie supo dar noticias ni del caballo ni del domador. ¡Parecía que se los había tragado la tierra!...

"Sin duda le había matado contra algún árbol en el monte.

"Así lo creyeron todos; ¡y quién no lo había de creer!

"Algunos años después, una mañanita en que precisamente estaban domando una manada de caballos en el mismo corral de don Mateo, los paisanos vieron aparecer de repente a un gaucho con barba larga, montado en un potro porcelano, que venía al trotecito.

"Nadie lo conocía y cuando llegó a la puerta del corral y le dieron los buenos días, el paisano contestó:

"-Yhigihigigihigiggigigiggg... "!Era un relincho!" De tanto andar entre los montes montado en el caballo, el domador se había olvidado de hablar." Una carcajada general siguió al final de aquel extraño relato, que yo escuchaba conmovido, sintiendo erguirse en mi interior la imagen del antiguo domador cuyas proezas legendarias entran ya en el campo de nuestro folk-lore, como el símbolo del coraje y la destreza de ese admirable tipo que se pierde.


 

(1) herreros y velásquez: cuadros de Herrera y Velázquez

comprar terreno: caerse en un lugar

(2) a la tardecita: al anochecer

boraciador: voraz, que quiere comer más que lo que le pìde el estómago, y aquí, que quiere realizar una tarea difícil, para la que no tiene capacidad.

rueda de peones: círculo de empleados de un establecimiento rural, que están sentados


BIBLIOGRAFIA:  in Revista Nativa, Buenos Aires, Editorial Campera, Abril de 1924, Año I Nro.4

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LA DOMA
Cuadro de Cesareo Bernaldo de Quirós (1879-1968)

 

Estanciero - Lámina de Adolfo D'Hastrel, 1852