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LA VOZ DE SOLA

Gdor. León Sola, Entre Ríos, Argentina

RECUERDOS DE LA TIERRA

Martiniano Leguizamón (1858-1935)

1) La maroma cortada 2) La minga - 3) Parando rodeo - 4) El chasque - 5) El curandero - 6) La creciente - 7) El sargento Velázquez - 8) Juvenilia - 9) Chabaré - 10) Junto al fogón - 11) Cayó el matrero - 12) Máma Juana - 13) ¿Capturar? - 14) La cojita - 15) La partida - 16) Tristezas - 17) El hogar en ruinas - INDICE Alfabético de las principales voces indígenas y modismos locales usados en esta obra (Glosario)

Capítulo 1
LA MAROMA CORTADA

Era muy niño, pero el recuerdo de aquella escena se grabó para siempre en mi memoria, -y aún hoy, al esbozar estos recuerdos a través del tiempo y la lejanía, veo acusarse netamente los perfiles del cuadro, con su antiguo, sombrío colorido.

El sol se hundía en el horizonte brumoso, lanzando sus postreros reflejos por entre el ramaje del bosque de sauces y laureles que se alejaba como una mancha gigantesca, hacia el sud-oeste bordeando las riberas del Gualeguay. La tarde había acallado sus rumores, el campo estaba tranquilo, -toda la naturaleza parecía replegarse muda en la quietud majestuosa del crepúsculo. Grandes bandadas de aves cruzaban presurosas, trazando en el azul del cielo una larga raya obscura y desaparecían en los follajes de la selva.

La noche no tardó en llegar y la luna asomando por sobre la cumbre de las arboledas, como una esfera de alabastro transparente, bañó de tenue luz el paisaje solitario. Un silencio triste, ese silencio de la noche en los campos, se extendió en torno de nuestra estancia, casi perdida allá en medio de los montes de Calá, en un pedazo de la tierra entrerriana.

De pronto un rumor que fué creciendo hasta percibirse claramente nos anunció que alguien se acercaba a galope, pocos instantes después se detenía en la tranquera de la empalizada cuya puerta defendían los perros ladrando enfurecidos, - fué necesario espantarlos, y el viajero a quien reconocimos cuando nos dió las buenas noches, resultó ser un antiguo peón de la casa.

-Ayúdenme a bajar, muchachos, -nos dijo con voz apagada. Nos acercamos y el más fornido tomándolo de la cintura lo puso en tierra exclamando: -¡Pero, don Juan, usted viene herido!

-Sí, traigo unas lastimaduras que recibí hoy en el paso -contestó levantando el brazo del que pendía la mano en un colgajo de carne amoratada-; además, tengo en el cuerpo otros arañones ... ¡ah! se han de acordar de mi esa punta de flojazos que pretendieron les entregara la. balsa!

Fué a caminar, pero le faltaron las fuerzas, se tambaleó como un ebrio, dobló las rodillas y cayó de flanco dando un rugido sordo. Debilitado por la pérdida de sangre que manaba de las heridas, apenas habla alcanzado a llegar hasta la estancia para no morir en medio del campo abandonado. Se le transportó a un lecho confortable, le arroparon procurando dar calor al cuerpo aterido, y se mandó a escape en busca de un viejo, curandero que dragoneaba de médico en aquellos apartados lugares.

Tras largas horas de angustiosa espera, escuchando con el corazón oprimido las súplicas del enfermo, que clamaba porque le diéramos un cuchillo para. cortarse los pedazos de carne que pendían de la mano destrozada, el curandero llegó al fin, y no atreviéndose a amputársela se la entablilló como pudo, le vendó las otras heridas, dejando que la naturaleza obrara - según decía con aire convencido el galeno silvestre.

Gané la cabecera del pobre Juan porque le tenia una gran deuda de cariñoso afecto; asistí a las violentas horas de fiebre, de espantoso martirio, le ví muchas veces incorporarse en el lecho bregando por tirarse al suelo, pidiendo con eco suplicante un arma para pelear a los enemigos que veía en las visiones del delirio. Caía después desfallecido, con la mirada vidriosa clavada en el techo y el labio extendido en la expresión del dolor supremo, y se quedaba inmóvil, rígido, con la palidez amarillenta del cadáver. Era hermoso entonces en su mansa quietud, aquel gaucho bravío, con el perfil semi-árabe del hijo de nuestras llanuras, acusándose en el óvalo del rostro al que formaba sombrío marco una sedosa barba negra, luciente como un esmalte, sobre el cutis bronceado por las brisas del campo.

Otras veces cuando la intensidad de la fiebre declinaba, como si saliera de un letargo, abría los párpados penosamente, la mirada erraba de un punto a otro tratando de reconocer el sitio, y al encontrar un rostro amigo, sonreía hablándonos con acento tranquilo, presintiendo la muerte cercana, sin afán ni amargura.

Fué en una de esas breves horas de tregua que el dolor le daba, cuando nos refirió la tremenda aventura por que habla pasado.

Estaba de guardia en compañía de dos soldados cuidando uno de los pasos del Gualeguay donde existía una balsa. Era un punto estratégico, pues el río desbordado con las lluvias del invierno, no daba vado en ninguna parte, no aventurándose ni los más nadadores a desafiar la enorme masa de agua que rodaba por el -cauce tortuoso, aprisionada en las altas barrancas.

El coronel Taborda -un valiente que poco tiempo después caía derribado a traición por el puñal de un asesino desconocido- llamando al sargento Juan Sanabria y poniendo dos soldados bajo sus órdenes le dijo -Defiéndame la balsa; ¡muera si es necesario, pero que por ella no pase un enemigo! Los clarines tocaron marcha en seguida y la gallarda división se alejó ocultándose al poco rato en los tupidos pajonales que bordear .la sinuosa carretera.

Los días transcurrían en medio de esa calma imponente de los bosques, cuyo silencio solo turbaba el murmullo del agua escurriéndose por entre los sarandisales de la orilla, o el rugido áspero de las fieras celebrando sus amores en las penumbras de la selva. La guardia trataba de pasar lo mejor posible las largas horas de aburrimiento, pero siempre con el ojo alerta a la ribera opuesta por donde debla de llegar de un momento a .otro el enemigo. Un copudo curupí les servía de atalaya, desde allí escudriñaban para no ser sorprendidos Pero como el tiempo corría sin novedad, la confianza los fue ganando y la vigilancia se hizo 'con menos frecuencia, hasta que fastidiados de esperar concluyeron por dejarse de precauciones haciéndose esta reflexión: -De todos modos, si se les antoja venir no se lo vamos a privar y llegarán hasta el otro lado, y nos quemaremos a balazos, pero lo que es la balsa no se la llevarán así no más-; ¡que vengan a buscarla si se atreven! Tomada su resolución, la amarraron a un poste, revisaron la carga de las carabinas poniéndolas a cubierto de la lluvia y se resignaron a esperar los acontecimientos.

Los dos mocetones se mostraban impacientes; tenían ganas de estrenarse, de medir su coraje ante Sanabria cuyo facón probado, en cien lances cuerpo a cuerpo, le habla creado una gran fama de gaucho bravo. Él les replicaba sonriendo:

-Sí, aura están muy cócoras, pero si asomara la cabeza algún blanquilllo (1) por entre el pajonal, entonces sería otro cantar... Déjense de echar bravatas al ñudo, que lo que es yo no tengo muchas ganas de andar a tajos con mis propios hermanos; porque en resumidas cuentas, ¿qué vamos ganando con aujeriarnos el cuero y dejar quizá la osamenta blanquiando entre el pastizal? Vean, si no fuera de vergüenza y para que no vayan a pensar que he tenido miedo, ya les habría echado la balsa a la porra, ganando los montes a matreriar hasta que la guerra termine.

La arenga fué de pésimo efecto. Esa misma tarde con el pretexto de ir a dar agua al caballo, uno de los soldados desertaba. -Ha hecho bien el maula en mandarse mudar- exclamó Sanabria al notar su desaparición; -si iba a disparar al primer tiro, es mejor que se haya ido antes -y dirigiéndose al otro:- Bueno, amigo, ya sabe el camino, yo no lo he de estorbar...

Una llamarada de altivez relampagueó en los ojos del gauchito a quien no sombreaba aun el labio el bozo de los adolescentes: -¡Primero chancho antes que volver el anca!- fué su única respuesta.

Al día siguiente de esta escena, bajo la lumbre de un sol acariciador, aquellos dos seres confiados a su destino, subyugados por la calma del paisaje, dormitaban tendidos en el gramillal soñando tal vez con las ternuras del hogar ausente, cuando de pronto un grito de alerta hizo poner de pie al sargento que clavó la mirada escudriñadora en la margen opuesta, tratando de descubrir a través de los espesos matorrales, algo que no nombraba, pero que podía traducirse en la inquietud que lo dominaba.

-Ande ser los chajáses que se han asustáo de algún carpincho, -dijo el joven.

-No, el chajá no grita así alarmáo sino cuando anda gente desconocida -replicó Sanabria. Al mismo tiempo los caballos se revolvían inquietos trotando en la estaca, con las orejas tendidas hacia adelante, las narices abiertas, dando resoplidos violentos y escarbando el suelo.

La señal era inequívoca, los caballos sentían la proximidad de sus semejantes que no venían solos por cierto, como no tardaron en constatarlo al ver coronada la loma por una partida de diez o doce hombres, cuyos sombreros ostentaban la divisa blanca del ejército jordanista.

El oficial se destacó del grupo y, avanzando hasta la playa, gritó con voz de mando:

-Ché balsero, ¡pasá la balsa, pronto!

-Vengalá a buscar con toda su alma, y la llevará, ¡si puede! - contestó resueltamente Sanabria.

Una maldición cuyas últimas sílabas apagó el estampido de un pistoletazo fué la señal del combate. Los soldados se precipitaron a la picada descargando sus armas entre alaridos de muerte. El sargento impasible se aprestó a la lucha ordenando a su compañero que se cubriera con los troncos y no hiciera fuego sino a tiro seguro.

Las balas cruzaban desgajando los árboles o rebotaban en la barranca gredosa y caían al río.  De pronto uno de los atacantes alzó los brazos, dejó caer el arma y rodó en la arena bañado de sangre. Sus compañeros le rodearon para sacarlo de aquel sitio, presentando así imprudentemente un buen blanco que no desperdiciaron los defensores, dirigiendo disparos certeros al pelotón.

El oficial mandó abandonar la playa y ganar el barranco para combatir en guerrilla parapetándose en los matorrales. Así la ventajosa posición de los contrarios estaba equilibrada y tendrían que sucumbir al mayor número.. En seguida ordenó a un soldado atravesar el río a nado, guiándose por la maroma que estaba tendida de orilla al orilla a flor de agua.

Un chino fornido con el puñal apretado entre los dientes se echó al río y empezó a nadar agarrándose de la maroma. Fué el momento crítico. El sargento y su acompañante ya no podían defender la balsa desde la altura, era necesario descender a la playa donde estaba amarrada. Para presentar el menor blanco se separaron recostándose a los bordes salientes de la barranca y clavando una rodilla en tierra dirigieron la puntería al nadador que avanzaba cortando la correntada, protegido por los fuegos de la margen opuesta, que no les dejaban apuntar con fijeza.

Sanabria recibió un balazo en el costado, pero no dijo nada al heroico muchacho que se batía sonriente ante el peligro, con el rostro ennegrecido por la pólvora, desafiando con voz enronquecida a los atacantes. De pronto sus gritos cesaron, se irguió gallardamente, tendió la carabina apuntando, al nadador, y el tiro no salió. Una bala le había atravesado el pecho, y por la boca de la herida saltaba la sangre a borbotones; se agitó en un estertor convulsivo, avanzó un paso a la ribera con la cabeza altiva, y como, una estatua derrumbada del pedestal, rodó al fondo del río que abrió sus turbias ondas para sepultarlo!...

Entretanto el nadador alcanzaba ya las tablas de la balsa y no tardaría en trabarse una lucha desventajosa para Sanabria, que acababa de ser herido en la mano derecha quedando inutilizado. Podía huir, su caballo estaba allí cerca, había cumplido con su deber hasta donde era humanamente posible; ¡pero no, tenía prometido a su coronel no dar paso al enemigo, y lo cumpliría!

Se le vió entonces acercarse al poste que amarraba el cable blandiendo en la mano izquierda la filosa daga, y de un tajo de revés, soberbio, trozar la maroma que se encogió rápidamente escurriéndose por las roldanas hasta dejar libre la embarcación.

Enclavada en la arena, pero ya sin amarras, no podía resistir al choque del agua que la empujaba de flanco: se balanceó un instante inclinándose como si fuera a hundirse, la corriente barrió la cubierta del maderámen, la dio vuelta, la echó al medio del río y no tardó en seguir el derrotero de los verdes camalotes que arrastraba la impetuosa correntada. Tras un recodo del cauce se ocultó -al fin yendo a sepultarse en el remolino de un remanso, que después de azotarla con violentas sacudidas, la arrojó despedazada como un despojo inservible a los juncales de la playa

El paso quedaba interceptado. El sargento Sanabria habla cumplido su palabra, pero a qué precio! Abandonó recién el puesto de honor y montando a caballo se alejó en silencio. Algunas balas cruzaron todavía silbando sobre su cabeza, mientras a su espalda se oía el alarido rabioso de los enemigos impotentes para vengarse.

Miró por última vez la sangrienta escena recordando el sacrificio del valeroso compañero cuyo cadáver ni siquiera tendría piadosa sepultura, y aquella alma esforzada abatió la frente con tristeza sintiendo que las lágrimas enturbiaban sus pupilas. La visión de la muerte en medio de aquel desamparo, sin un ser amigo a quien confiar los postreros mensajes, debió conturbar su espíritu, y recordando, el hogar hospitalario de sus viejos patrones soltó la rienda al caballo en dirección a la estancia.

Su deseo se cumplió: estaba bajo el techo amigo, rodeado de seres que lo amaban; ¡ahora podía llegar la pálida viajera, la aguardaba sereno, dispuesto a disputarle la vida palmo a palmo, y si cala vencido tendría un regazo cariñoso donde reclinar la frente y llanto de dolor humedecerla la tierra de su tumba!...

La sangrienta tragedia llegaba al desenlace. El estado del enfermo era cada vez más grave; todo era impotente para detener la marcha de la enfermedad que causaba visibles estragos. Mi pobre amigo se batía en retirada, sereno, sin miedo, pero la vida se le iba por el boquerón de las heridas. La mirada altiva de otras horas se apagaba marchita, sin brillo, ya no vibraba en los labios secos, rajados por la fiebre, el acento viril, las palabras se arrastraban penosamente balbuceadas entre los hipos de la lenta agonía.

Fue una lucha inaudita, desgarradora, la que sostuvo esa naturaleza vigorosa del hijo de los bosques y la muerte que lo acechaba implacable. Debía triunfar al fin el mal misterioso y terrible; la gangrena empezó a trepar conquistando pedazo por pedazo el cuerpo del herido que extenuado por el largo sufrimiento sólo, le oponía la savia de su carne; sin auxilios de la ciencia la victoria no era dudosa y no se hizo esperar.

Una tarde, a la hora del crepúsculo, cuando las últimas explosiones rojizas del sol se hundían tras la cumbre del monte lejano, Sanabria se incorporó en el lecho arrojando las cobijas y tendiendo el brazo mutilado hacia el poniente como si señalara alguna cosa que vislumbraba en el delirio: -¡Pasen, si pueden!- exclamó con voz apagada, con el postrer acento que brotó de su boca, ¡y cayó de espaldas para no alzarse más!

En el camposanto de un villorrio vecino a la estancia, duermen el eterno sueño los restos de Juan Sanabria, el héroe modesto y esforzado. Una rústica cruz extiende sobre la tumba abandonada sus brazos siempre abiertos; al pie en vez de losa funeraria crece el trébol lozano; no hay allí más plegarias que el susurro de las brisas errantes y el perenne murmullo de un arroyuelo que rueda a pocos pasos en su lecho de toscas, por entre los verdes achirales de la ribera...


(1) Así se designaba a los soldados del ejército del general Ricardo López Jordán en 1870, por la divisa blanca que usaban en el sombrero y cuyo lema decía: "Defendemos la soberanía de la Provincia - Son traidores los que la combaten".


Datos de la primera edición- - Félix Lajouane, Editor, Buenos Aires,1896

FIN DEL CAPITULO 1- digitalizado para "La Voz de Sola" por Susana de Tezanos Pinto de Arana Tagle - feb 2004


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Martiniano Leguizamón

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