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LA VOZ DE SOLA

Gdor. León Sola, Entre Ríos, Argentina

RECUERDOS DEL PASADO

Vida y Costumbres de Entre Ríos en los Tiempos Viejos

JULIAN MONZÓN

Prólogo - 1) Lo que era mi pueblo a mediados del siglo pasado - 2) La yerra - 3) La trilla - 4) Corrida de la Bandera - 5) La Corrida de la Sortija - 6) Las Carreras de Caballos - 7) Los Troperos - 8) Las Diligencias - 9) Peleadores y Bandoleros - 10) Las Yeguadas Alzadas - 11) Funerales en Vida - 12) Velorios e Insepultura de los Angelitos - 13) Sobre el mismo tema que antecede - 14) Elección Comunal - 15) Ñaembé - 16) Episodios de la Revolución Jordanista - 17) Ostracismo - 18) Regreso a Entre Ríos - 19) El Coronel Miguel Wenceslao Taborda - 20) Ligeras Consideraciones sobre la Revolución Jordanista - 21) Días de Terror - 22) Colazos de una Revolución - 23) Un episodio de mi vida - 24) Amor prematuro - 25) Obra del Tiempo


Capítulo 1 - LO QUE ERA MI PUEBLO
A MEDIADOS DEL SIGLO PASADO

Voy a empezar estos relatos por mi pueblo, que es lo que más halaga mi espíritu. No es mi propósito hacer historia, sino una simple narración de lo que he visto o conozco por referencias auténticas.

El año 1858 me trajo mi padre a la Escuela, dejándome en la casa de negocio de don Secundino Martínez, y a cargo de éste.

Tendría once años y me había criado con mis padres, don Antonio Monzón y doña Rafaela Colman, en su estancia, que quedaba a una legua de la plaza de la villa.

Recuerdo aún la rústica y escasa edificación que constituía lo que hoy, con énfasis llamamos Ciudad del Rosario Tala, como a los principales vecinos y sus familias.

No creo que pueda despertar interés la descripción de la vida de aquella gente sencilla y sin hábitos de labor, más dispuesta para la guerra que para el trabajo. Pero viven aún muchos descendientes de esos moradores, que más de una vez jugaron su vida para darnos la libertad y las instituciones que hoy tenemos, y voy a escribir para ellos estos recuerdos, en forma descolorida, pero con toda veracidad.

La villa y su campaña dependía del Departamento de Gualeguay, en el orden político y administrativo. Sus autoridades, que eran el Comandante y los Alcaldes, se nombraban a propuesta del Jefe de aquel Departamento. Estábamos muy vinculados con aquel pueblo que llamábamos “Gualeguay Grande”, donde se iba en excursiones de recreo y a buscar lo que aquí no se encontraba, como vamos hoy a las grandes Ciudades.

El pueblo estaba formado por un caserío alrededor de la plaza, construido en casi totalidad de adobe, de estanteo y techado con paja. Sólo se destacaban como un avance edilicio, la casa de azotea del Comandante Agustín Martínez, compuesta de dos piezas, que se conserva aún con pequeñas mejoras al frente, resistiendo las crudezas del largo tiempo y cobijando más de tres generaciones de sus descendientes. La de don Antonio Maseira, español, de azotea también, larga y baja, que cayó bajo la piqueta del progreso, para se sustituida por la gran casa donde desarrollaron sus actividades comerciales, los señores Artesiano y Chapital. Más tarde don Lorenzo Solimano y sus hijos, y actualmente don Gregorio C. Barbeiro e hijos. La comandancia, de dos piezas de azotea también, sobre las que se levantó años después el edificio de altos, donde actualmente funcionan la Jefatura y otras reparticiones públicas. Una pieza con zaguán, de don Martiniano Leguizamón, que se conserva igual aún, en la cual algunos de sus talentosos hijos, sentirían por primera vez el suave ambiente de este mundo.

No había tapiales. Las casas estaban en su mayoría a campo abierto, y las pocas que estaban resguardadas por algún cerco, era construido de palo a pique.

El templo donde el pueblo se congregaba para rendir sus preces al Señor, era un rancho de adobe, como de cuarenta metros de largo por seis de ancho, techado de paja, con corredor al Oeste y una pequeña alcoba que servía de Sacristía. El altar, como los demás ornamentos, eran muy sencillos, más bien muy pobres. Entre aquella pobreza había algo que reflejaba riqueza, eran las vinajeras de plata y oro y la gran pila bautismal de plata maciza, las que hoy aparecen transformadas, en vil metal las primeras y en un block de piedra la segunda. La Virgen del Rosario, patrona del Pueblo, llevaba también una hermosa corona de plata y oro, las campanas que eran tres, estaban colgadas en el corredor, y eran causas de peleas diarias entre los chicos por tocar los anuncios. Recuerdo haber recibido muchos mordiscos y trompis en aquellas infantiles grescas.

Aquel templo de construcción primitiva, estaba donde está hoy el que lo reemplazó.

Era párroco de aquella feligresía, el cura don Juan de Rosas y Escobar, porteño, rosista acérrimo, alcoholista empedernido y enemigo mortal de los gallegos. Tenía más de soldado que de sacerdote, y muchos actos se contaban, más que impropios, ofensivos a la sagrada misión que desempeñaba.

Recuerdo algo de la vida irregular de aquel sacerdote y voy a referirlo.

Una vez fue a casarse don Juan Geriki, alemán, con Inés Duarte, y al asentar la partida de matrimonio preguntó a don Juan, cómo se llamaba: Juan Geriki, contestó aquél. El cura lo miró con cierto desdén y le dijo:

-“¡Qué Giri, ni Giri! Aquí no se admiten apelativos de gringos, esa jeringoza es para su tierra. Te pondré Juan Enrique", y así consta en la partida de matrimonio.

Un día le servía yo de monaguillo en la misa, y al servirle las vinajeras le eché agua en vez de vino, inocente equivocación que lo irritó tanto, que mirándome con ojos centellantes me amenazó con los puños cerrados, diciéndome con voz ronca, especie de gruñido:

-"¡Si no mirara Dios te arrancaba las orejas!"

Contaban que una vez, estaba muy enojado porque se criticaba su conducta, culpando a las mujeres de esa irreverencia. Y que, aprovechando la misa de un Domingo para desahogarse, increpó a éstas su mal proceder, concluyendo con el apóstrofe:

-"¿Quiénes son ustedes para censurar mi vida? No son más que unas chismosas, que no valen lo que vale mi moro viejo".

Este era el caballo que montaba para sus cabriolas, cuando estaba inspirado.

Muchos episodios podría referir, pero me concretaré al último.

Era el día de la Patrona y se sacó la Virgen del Rosario en procesión alrededor de la Plaza. Había mucho viento, y para asegurarla, la ató con un lazo, de cuyas puntas la sostenían. El cura a esa hora estaba completamente alcoholizado, y ya podrán imaginarse los papeles grotescos que haría en la procesión.

Pues así fue, dando lugar a la crítica de algunos, siendo el principal en reírse don Saturnino Mendieta. El cura se apercibió de la mofa y terminada la procesión, vino furioso a pedir explicaciones, acto que concluyó por llevarlos a las manos. En esa refriega, Saturnino y otros que lo acompañaban, lo voltearon y lo arrastraron hasta la puerta del rancho donde vivía, que quedaba a pocas varas del lugar del encuentro.

A causa de este desgraciado y vergonzoso incidente, el padre Rosas fue trasladado a otra Parroquia.

La Escuela pública de varones, única que había entonces, ocupaba un rancho de adobe, techado de paja de treinta metros de largo por cinco de ancho y muy bajito, que estaba donde está hoy el edificio Municipal.

El mobiliario se componía: de una tribuna que ocupaba el Director, de un pupitre de caballete, o sea de dos alas, colocado en el centro y en todo el largo del salón, y en seis pupitres sencillos colocados contra las paredes laterales. Concurrían a la clase como sesenta niños, y la enseñanza se reducía a la lectura, la escritura, la aritmética y la gramática.

El director era D. Pedro D. Cabrera, joven que había cursado los estudios preparatorios en el Colegio del Uruguay y que no pudiendo seguir una carrera por falta de recursos, lo mandó el general Urquiza a reemplazar en la escuela a don Ramón García, viejo y antigualla maestro. Servía como ayudante Lorenzo Ruedas, mocetón grandote, de escasa instrucción y de maneras un poco bruscas. Debía ser un pertinaz trasnochador, porque muchas veces, en ausencia del Director, se dormía profundamente, despertándose a los gritos de los chicos que aprovechaban aquella ocasión para sus riñas. Y aún no bien despierto y dando fuertes golpes sobre la mesa con la palmeta, lanzaba este exabrupto:

-"¡Ea, bárbaros, lean!"

No obstante, la disciplina era rigurosa como en tropa de línea. El rebenque y la palmeta eran los instrumentos que se usaban para corregir las faltas, aplicando azotes por docenas, según la gravedad del caso.

Los estudios se hacían a alta voz, formando una gritería infernal, lo que más parecía un lago de ranas que una sala de enseñanza escolar. Sin embargo, se aprendía pronto y bien, y con estudios tan limitados, algunos hicieron lucida carrera, ocupando elevados puestos públicos: como Benito E. Pérez, Mariano Maciel, Fortunato Ceballos y otros, con brillantes resultados, como los Leguizamón.

La indumentaria era muy pobre, muchos iban de chiripá y descalzos, otros con calzón de cotín y mal calzados y pocos eran los que iban bien vestidos. El abrigo de los pobres en invierno, era el poncho de picote o de bayeta.

Sólo tres quedan de mis condiscípulos: Florentino Barreto (a) Totón, Demetrio Pereyra y Gregorio Montenegro, vecino de Las Raíces el primero, de esta Ciudad el segundo y de Gualeguay el tercero. Los demás han muerto.

No había escuela pública de niñas. Doña Pascuala Etcheverry, viuda de don Vicente Guerra, que más tarde contrajo segundas nupcias con don Luis Lértora, llenaba este vacío, dando lecciones a algunas niñas de las principales familias. Entre las que recuerdo a Elvira Guerra y Clorinda Martínez, las que más tarde figuraron en nuestros principales centros como distinguidas matronas.

El Cementerio estaba en el espacio que mediaba entre el Templo y la Escuela. Pocos eran los que se enterraban con cajón. La gran mayoría iba a la fosa con una simple mortaja. Los cajones eran de formas rústicas y forrados con zaraza negra, cuando más. Los muertos en la campaña, se traían en carretas tiradas por bueyes o en pequeñas carretillas de un solo pértigo, únicos vehículos que había entonces y que sólo los tenían los ricos hacendados. O bien se conducían sobre caballos que traían de tiro, y tendidos sobre el lomo o montados y vestidos, simulando cabalgantes vivos.

Aquel sagrado enterratorio, lugar donde se encuentra la paz y el eterno descanso, estuvo en servicio hasta que se inauguró el Cementerio actual.

El comercio en aquél tiempo, se desarrollaba en forma muy limitada. Las casas de negocios eran pocas, con escaso capital y surtidas de artículos inferiores y baratos.

No había modas en el vestir. Las mujeres llevaban vestidos sencillos de zaraza floreada, o negra cuando estaban de luto, que valían real y medio o dos reales la vara. Eran pocas las familias que vestían de otros géneros, que se encargaban expresamente o los traían de otros pueblos los mismos interesados.

Pocos eran también los que se ocupaban del comercio, noble tarea y único medio de aportar algún poco de cultura a este aislado y tosco rincón, en aquel tiempo.

Eran éstos: don Secundino Martínez que tenía su negocio en un rancho de adobe, situado a continuación de la azotea de su padre, el Comandante Martínez, que corría hasta las esquina donde está hoy el Correo. Aquí hice mi debut comercial, siendo niño.

Don Antonio Maseira, español, ya citado.

Don Juan Jenaro Maciel, santafecino, que tenía su negocio en un rancho de material, techado de paja, largo y angosto, que estaba en la esquina del terreno donde está la Escuela “Onésimo Leguizamón”.

Don Rosalio Albornoz, que tenía su negocio en un rancho idéntico al de Maciel, ubicado donde está hoy el restaurant “Lombardo”.

Los hermanos Vicente, Leopoldo, Bartolomé y Manuel Guerra, españoles, que tenían su negocio en un rancho idéntico a los anteriores, situado frente a la esquina S. O. de la Plaza. De éstos, Bartolomé y Manuel, se trasladaron a un rancho que estaba donde está hoy la gran casa de comercio de los hermanos Grimaux.

Y don Juan de Dios Jáuregui y don Ramón Anadón, que tenían su negocio en un rancho que estaba frente a la casa Parroquial, donde tiene hoy el café el señor Larralde.

Los capitales eran muy reducidos, no pasarían de mil pesos bolivianos. Se vendía a bajos precios y por pequeñas fracciones, por real, por medio, y hasta por cuartillo, los artículos de almacén.

Ya podrá suponerse que con tan ínfimas operaciones, se precisaría mucho tiempo y mucha economía para formar un pequeño capital.

Las industrias se reducían a aquello más indispensable en el humilde estado social y limitadas labores, en que desarrollaba su actividad aquel pueblo pobre y sencillo.

Se componían: De una herrería, que los hermanos don Julio y don Francisco Grimaux, habían comprado a un francés llamado Pedro Guindou, cuatro o seis años antes, a su arribo a este pueblo.

Una carpintería de don Francisco Médus, francés, y don Zenón Fernández. Una sastrería de don Tomás Bajes, catalán. Dragoneando también de sastre don Pedro C. Guerra, más conocido por el “Sastre Guerra” que vino entre los prisioneros de Caseros. Zapaterías, sólo recuerdo la de Pedro José Pérez, canario, y la de don Ponciano Jiménez, padre de Ceferino Jiménez, la que regenteó Simeón González, a su muerte, que tuvo lugar en aquella misma época.

Las obras se hacían sin prolijidad, carecían por completo del arte con que hoy se construyen, pero también su precio era ínfimo, incomparable con lo que pagamos ahora, inmensurablemente más subido.

Carnicerías, propiamente dicho, no había. Pedro Silvero, correntino, se ocupaba de ese negocio, que no podía ser más mezquino, creo que vendía una res por semana, al precio de dos reales la arroba cuando más. La mayor parte de los vecinos tenían estancias y traían de allí la carne que consumían por reses, de que participaban algunas familias amigas. Los pobres iban con frecuencia a las estancias a pedir carne, que nunca se les negaba. No debe extrañarse ese desprendimiento, pues los novillos gordos de tres años arriba, sólo valían tres pesos bolivianos.

Tampoco había panaderías. El pan se hacía en familia, pan criollo con grasa y tortas con azúcar rubia. También se hacía pambaso, que era un pan redondo y grueso de aceite con grasa o más comúnmente con chicharrón, que era muy sabroso y muy barato. Este mismo pan era el que se depachaba en las casas de negocio, consignado por algunas familias para su venta.

Sólo había un café con una mesa de billar con seis troneras, dos o tres mesitas y algunas sillas, en un rancho de don Benedicto Mendieta, situado frente a la plaza, donde está la confitería y café “La Sirena”. Lo regenteaba don Saturnino Mendieta, y su hermano Nieves, y era donde se reunía la mejor gente del pueblo.

Había dos atahonas. Una de don Martiniano Leguizamón, que estaba en el terreno donde tenía la casa de familia, administrada por su entenado, don Manuel Rodríguez. Y la otra era de don Sebastián Yrazoqui, vasco español, que no obstante haber pasado como cincuenta años aquí, nunca habló bien el castellano. A este propósito solía decir: vasco olvidando, castilla no aprendiendo.

Las dos atahonas eran de construcción muy rústica, como era todo en aquella época, sobre todo la de Irazoqui.

Cuentan que una vez, pasando por aquí el general Urquiza, pernoctó cerca de ese establecimiento, yendo al día siguiente a visitarlo, que después de recorrerlo le dijo a Yrazoqui: Con la mitad de estas maderas tendría una maquinaria más liviana, emplearía menos animales, molería más fanegas por día y tendría mejor vista. Yrazoqui lo oía callado, pero cuando terminó sur regio visitante, le contestó haciendo una mueca grotesca:

-"¡Oh! Si yo tuviera plata, ‘vos tenés’, también haciendo cosas lindas."

El general Urquiza se rió, lo palmeó cariñosamente y se retiró.

El arte de curar, estaba en manos de simples curanderos, siendo los principales: don Francisco Moreno, don Juan Campodónico y la vieja Raimunda Carriaga.

No había boticas, los medicamentos se componían de yerbas, grasas y otros elementos naturales, sin mezcla ni adulteración artificial.

No había los medios que hay ahora para descubrir las enfermedades. Todo se hacía rutinariamente a la simple vista, por los informes que daba el paciente, por las observaciones que se hacían de los orígenes, por las presunciones o por adivinanzas. Muy pocas eran las enfermedades descubiertas por estos medicastros sugestionadores: la tisis, llamada también el mal de calenturas, pasmo de frío o de sol, puntadas que llevaban el nombre del lugar donde aparecían, erupciones cutáneas como sarampión, viruela, etc., siendo una de las más temibles la puntada de clavo, o sea ataque cerebral, llamada también chavalongo. El célebre Moreno decía que para el chabalongo (terminología de su propio caletre) no había mejor remedio que el gallo negro muerto y abierto, y así, con plumas y chorreando sangre, puesto sobre la cabeza del enfermo.

Este célebre galeno, erró una vez un diagnóstico, que voy a referirlo.

Dicen que su vecino y cuñado, don Nieves Britos, vio un día que su caballo orinaba sobre un recipiente de lata y que se le ocurrió dar una broma a su cuñado Moreno. Echando un poco de los orines en una botella y llevándoselos a aquél, le dijo que eran de su señora que estaba un poco enferma. Moreno tomó la botella, derramando los orines contra el sol, observándolos con gran atención, operación que repitió varias veces. Después de meditar un poco, se dirigió a Britos diciéndole: “Usted tiene la culpa cuñado de esa novedad, pronto pasará y Ángela estará buena.” “¿Cómo, que yo tengo la culpa? No, eso no puede ser, contestó Britos. Moreno agregó entonces con una risita burlona: No se haga el inocente cuñado. Ángela está encinta. ¿Lo ignora usted acaso?...”

Don Juan Campodónico, italiano y vecino de Gualeguay, hacía frecuentes excursiones a este pueblo y los distritos del Sauce. Calzaba los mismos puntos que don Francisco Moreno y usaba los mismos procedimientos patológicos, superándolo sólo en que recetaba por escrito, firmando Giuan Campodónico, Médico du Tala. Tenía su clientela y contaba algunos éxitos, más por obra de la naturaleza y de la sugestión, que de su saber.

Raimunda Cariaga, porteña, era una china vieja que trajo un soldado del Ejercito Grande, después de Caseros.

Sus diagnósticos reconocían por o general algún maleficio. Curaba con amuletos, con palabras cabalísticas y con lavativas, las que por no haber instrumentos apropiados, las aplicaba con vejigas de vacas, arregladas en una forma muy ingeniosa, con cañutitos o con bombillas viejas de lata.

Vivía en la miseria, en una chocita sin puertas, pues el ejercicio curanderil no le daba ni para las más exigentes necesidades.

Tubo un fin trágico. Después de haber mortificado a muchos seres con sus brujerías y jeringazos, la encontraron muerta un día los vecinos, entre unos cueros, envuelta en unas hilachas y cubierta por un enjambre de chinches que le había chupado la sangre y la vida.

Las familias que constituían el elenco social, eran las siguientes: El Comandante don Agustín Martínez, sanjuanino, y su esposa doña Josefa Aguilar, don Juan Jenaro Maciel, santafecino, y su esposa doña Justina Taborda, don Rosalio Albornoz, y su esposa doña Eugenia Ramos, don José María Martínez, sanjuanino, y su esposa doña María Castañares, don Benedicto Mendieta y su esposa doña Francisca Alvarez, don José Colman y su esposa doña María Martínez, don Ramón Anadón y su esposa doña Trifona Mendieta, el Coronel don Calixto Ceballos y su esposa doña Nicolaza Mendieta, don Martiniano Leguizamón, santafecino y su esposa doña Paula Rodríguez, don Leopoldo Guerra, español, y su esposa doña María Lubo, don Julio Grimaux, porteño y su esposa doña Manuela Lértora, don Francisco Grimaux, porteño y su esposa Da. Lusa Zunino, don Ramón García y su esposa doña Loreta Pérez, don Blal Pérez y su esposa doña Juana Colman, don Pedro José Pérez, canario, y su esposa doña Felipa Colman, don Francisco Médus, francés y su esposa doña Balbina Monzon y Juan Agustín Martínez y su esposa doña Felisa González.

Algunas de estas familias tenían hijos e hijas que alternaban en los actos sociales, dándoles brillo y vida con su alegría y su hermosura juvenil.

Las fiestas públicas tenían lugar el 25 de Mayo y el 9 de Julio, aniversarios de nuestra independencia y el 3 de Febrero, solemnizando la batalla de Monte Caseros, cuyo triunfo echó por tierra la tiranía de Rosas y afirmó para siempre nuestra libertad con las sabias y democráticas leyes que nos rigen.

Como derivación de estas grandes solemnidades, se hacían bailes, fuegos artificiales y corridas de sortijas, de lo que hablaré más tarde, si escribo sobre la vida de mis conterruños de la campaña.

Como epílogo de estos recuerdos, voy a hablar sobre la ascendencia de algunos destacados ciudadanos que vienen de aquellos viejos troncos, que han arrancado del olvido en las líneas que preceden.

El Doctor Lorenzo Anadón, ilustrado hombre público, que fue Ministro Nacional y Ministro Plenipotenciario en Chile, es hijo de don Ramón Anadón y doña Trifona Mendieta y nieto de don Benedicto Mendieta y doña Francisca Alvarez. El doctor Pedro E. Martínez, abogado, que ha desempeñado el puesto de juez, llegando a miembro del Superior Tribunal de Justicia, dedicándose hoy a la instrucción superior y ocupando el puesto de Rector en la Universidad del Litoral, es nieto de don José María Martínez y doña María Castañares y bisnieto de don Nicolás Castañares y doña Francisca Colman, hermana de ésta de don José Colman.

El doctor Censar B. Pérez Colman, abogado, que ha dedicado su saber y actividad en la Judicatura, despeñando hoy el puesto de miembro de la Cámara Federal de Apelaciones de Paraná, es nieto de don Blas Pérez y doña Juana P. Colman, bisnieto de don José Colman y doña María Martínez.

El doctor Leopoldo Monzón, abogado, que ha desempeñado el puesto de Juez y el cargo de senador por este Departamento, es nieto de don Antonio Monzón y doña Rafaela Colman y bisnieto de don José Colman y doña María Martínez.

El doctor Enrique Pérez Colman, abogado, que actualmente ocupa el puesto de Vice Gobernador de la Provincia, es nieto de don Pedro José Pérez y doña Felipa Colman y bisnieto de don José Colman y doña María Martínez.

El doctor Juan G. Maciel, abogado, que ocupa actualmente el puesto de miembro del Superior Tribunal de Justicia de Santa Fe, es nieto de don Juan Jenaro Maciel y doña Justina Taborda.

El doctor Francisco Médus, médico distinguido, es hijo de los cónyuges don Francisco Médus y doña Clorinda Martínez y bisnieto del Comandante don Agustín Martínez y doña Josefa Aguilar.

Cierro este capítulo recordando al ilustre hijo de este pueblo, doctor Onésimo Leguizamón, notable jurisconsulto, que fue ministro nacional y que desapareció en los albores de su vida, matando las esperanzas que se cifraran sobre su portentoso talento. Era hijo de don Mariano Leguizamón y doña Paula Rodríguez. El mismo origen tienen sus hermanos: el doctor Honorio Leguizamón, médico, que falleció también y el doctor Martiniano Leguizamón, abogado, escritor y Presidente de la Junta de Historia y Numismática, a cuya labor se ha entregado por completo con ilustración y patriotismo.

Todo era relativo en la vida de aquel pueblo, la sencillez y la ingenuidad reinaban en todos los actos ya públicos como privados.

Las transacciones sobre bienes y obligaciones en general, que comúnmente se hacían de palabra, se basaban en esa moral típica y se cumplían honradamente y con exactitud.

¡Qué lejos estamos de aquellos tiempos! Entonces todo era elemental y pobre, pero giraba dentro de la franqueza y de la lealtad. Hoy vivimos dentro de la civilización, del progreso y de la riqueza, pero acechados por la doblez y por la falsía.


FIN DEL CAPITULO 1 - digitalizado para "La Voz de Sola" feb 2004

BIBLIOGRAFIA: Vida y Costumbres de Entre Ríos en los tiempos viejos, Buenos Aires, Rosso, 1929

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JULIAN MONZÓN - datos

1937:

 Vásquez, Aníbal S., "Caudillos Entrerrianos", 1937, casa Predassi

pág 228: "Corresponden a un actor de los sucesos, ciudadano meritorio y vecino apreciado, que ha sobrevivido a los acontecimientos, don Julián Monzón, que en 1930 (...)"

 

2005

Salduna, Bernado Ignacio, "La rebelión Jordansta, 2005, B. Aires, Edit. Dunken ISBN 9870213340

"Julián Monzón, (...) natural de Rosario Tala, departamento que representó varias veces como diputado en la Legislatura.(...) Don Julián Monzón murió aproximadamente en 1940, a los cien años de edad. En 1930 publicó un libro de memorias, contando multitud de hechos en su novelesca vida. "


Senado de Entre Ríos - Períodos en que Julián Monzón fue senador electo
1896-1902
1902-1908
1908-1914